Este viaje era un sueño desde que empecé con SELVAS, pues hace parte de nuestro imaginario como marca; pero era eso, algo imaginario. Se volvió entonces una necesidad ir. Después del print de la rana, muchas clientas —algunas que viven en el Chocó— nos escribían agradeciéndonos por retratar esa selva, sin saber que hasta ese momento solo vivía en nuestra imaginación.
Gran parte del sueño de crear ropa para atravesar el trópico era esto: poder ir a lugares a conectar y ojalá retratar desde esas experiencias. Fue un viaje iniciático. Desde que las montañas antioqueñas se empezaron a desdibujar en la maraña de la selva, la sensación física se iba derritiendo —lágrimas de emoción al ver desde el avión ese verde intenso, único y profundo—, la anticipación de alguien que sabe que se va a comer su postre favorito sin haberlo probado por primera vez. Pero el cuerpo sabe antes que la mente.
El primer encuentro fue con una mujer indígena que estaba esperando para viajar a visitar a su madre. Yo esperaba la lancha que me iba a llevar a Arusí, y ella esperaba un transporte terrestre que la iba a adentrar en la selva. Yo estaba tomando fotos del lugar y ella miraba al mar con cierta nostalgia; quise tomarle una foto, pues su emoción me tocó. Ella se dio cuenta, se acercó y me pidió que le tomara una foto de ese momento. De ahí se abrió una conversación linda y un poco triste, pues su situación era intensa: caminamos por el pueblo, la invité a comer empanada de pescado cerca al lugar donde debía tomar la lancha, y nos despedimos al rato. Desde ahí sentí que el lugar me acogía como si me conociera de siempre, como si supiera que iba a volver.
En Arusí me esperaba Ana María, una artista textil de Medellín que lleva una década en la selva. Dormí una semana en su casa: la acompañé a recoger plantas para teñir un tejido que estaba ensayando con su hijo, lo preparamos, hicimos ensayos —a mí me gustó; ella dijo que a su hijo no le iba a gustar—. Su hijo tiene una marca también y colaboran juntos entre tejidos. Cocinamos juntas; me hacía chocolate todas las mañanas porque creía que yo, al ser santandereana, con eso desayunaba (nunca lo hacía antes de esto). Fueron días dulces. Yo iba preparada para la lluvia, para lo agresiva que puede ser la selva, pero solo hubo días soleados —lo cual es raro en el Chocó—, así que me dediqué a caminar todas las playas que pude. Era temporada de surf y podía pasar horas viéndolos desde la orilla. Retraté la obra de Ana María; tuvimos muchas conversaciones hermosas: de cómo una mujer vive sola en la selva, cómo la comunidad la ha acogido y la cuida, cómo las mujeres del pueblo ahora son quienes administran la luz, pues lo hacen mejor. Me entregué a la serendipia de los días, hice una amiga alemana que también viajaba sola. Tres mujeres solas en el Chocó, cada una con sus búsquedas; nos entretejimos sin querer.
Una noche, volviendo de Guachalito, dejé a Saskia en su hotel y me vine corriendo a la casa de Ana María (no soy muy buena para estar sola en la oscuridad…). Llegando a la casa venía pensando que debía confiar más en mi intuición, que este viaje era la confirmación de que el llamado del corazón era seguro, y —pum— frente a mí: una serpiente, grande, divina, en medio del jardín de la vecina, entre las flores. Recordándolo suena como una alucinación, y más cuando le cuento a Ana y me dice que no suelen dejarse ver mucho en la selva. Lo tomé como la señal que buscaba para seguir con la marca. SELVAS ha sido una constante búsqueda y me ha enseñado a pulso lo que significa el poder de habitarse.
¿Y tú? ¿Hay un lugar que sientas que te está llamando?
Déjame tu correo si quieres que te mande el contacto de Ana María y los lugares que recorrí en este viaje. Este es el comienzo de una conversación más profunda con la comunidad, y ojalá podamos compartir mucho más allá de la ropa y las fotos.




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